Wednesday, 4 November 2026

El gringo vota y en el botiquín suben el volumen (Soledad Morillo Belloso)

 El gringo vota y en el botiquín suben el volumen

Soledad Morillo Belloso

Dicen los que saben de cocina criolla que el sancocho no se arregla echándole más sal al plato, sino sabiendo mover la fogata. Y en este patio nuestro, donde la política tiene la costumbre de cocinarse con leña ajena, cada vez que en el Norte sacan las urnas de madera fina, aquí a más de uno se le empicha la leche del desayuno.

Las elecciones de mitad de término en los Estados Unidos no son un asunto de cortesía diplomática para el venezolano de a pie; son el termómetro con el que el médico de afuera mide la fiebre del de adentro. Terminaron las midterms, bajaron las persianas del Capitolio y el mapa político gringo amaneció pintado con rayas cruzadas. La muchachada de Washington dividió el pupitre: un Congreso donde nadie tiene el sartén agarrado por el mango sin pedirle permiso al de enfrente. Y esa simple matemática parlamentaria, tan lejana a la lógica del «aquí mando yo y se acabó», le mueve el piso al escenario venezolano con la fuerza de un temblor de medianoche.

Durante meses, los arquitectos de la política local —los de corbata planchada y los de guayabera apresurada— actuaron como si la Casa Blanca fuera una autopista de un solo sentido. Presumían de llamadas directas, firmaban licencias a tintero lleno y negociaban el petróleo criollo como quien vende fruta madura en la bajada de La Guaira antes de que se dañe. Pensaban que el interlocutor del Norte era un monolito de piedra tallada. Se les olvidó el pequeño detalle de que allá las instituciones no son un adorno de repisa y que, cada tanto, la gente sale a cobrarle las facturas al inquilino de turno.

¿Qué cambia ahora que el Poder Legislativo en Washington se volvió un terreno de cacería cruzada? Cambia la letra chiquita. Se acabó el cheque firmado en servilleta de restaurante caro.

A partir de mañana, cada acuerdo energético -negocio de Alejandrito Betancourt incluido- cada flexibilización de sanciones y cada salvoconducto diplomático tendrá que pasar por el filtro hosco y pesado de las comisiones del Congreso estadounidense. Esos parlamentarios que ahora necesitan demostrarle a su electorado que no son cómplices de transacciones oscuras van a sacar la lupa. Y cuando en Washington sacan la lupa, en las oficinas de Caracas y de Quinta Crespo empieza el sudor frío de color tinta china. La transición venezolana, esa criatura rara que avanza a trances entre la necesidad de gasolina y el cansancio de la gente, ya no podrá gestionarse a punta de decretos ejecutivos firmados a espaldas de la opinión pública internacional.

Para la dictadura que aún colea y para los sectores que pretenden una gobernabilidad de plastilina, la lección es de manzanilla picante: el Norte no es un cheque al portador. Los demócratas exigirán cuentas sobre derechos humanos y garantías democráticas reales antes de soltar un solo dólar de inversión pesada; los republicanos, por su parte, no le regalarán oxígeno a ningún arreglo que huela a capitulación. El margen de maniobra se achicó como camisa lavada con agua caliente.

Pero no nos engañemos en la mesa del café. Mi abuelo, que tenía un ojo clínico para descubrir falsos profetas, repetía que «el que espera que el vecino le pinte la fachada termina viviendo en casa ajena». La política exterior de Estados Unidos no se mueve por caridad ni por devoción a la arepa; se mueve por intereses de mapa grande. Las midterms no vienen a traernos la libertad empaquetada en una caja de envíos internacionales. Lo que sí  hacen es desmontar la ilusión de los atajos.

El venezolano en la cola del autobús, el que cuenta los billeticos  para el pasaje y mira de reojo el precio del dólar en la pantalla del teléfono, sabe bien que la verdadera partida se juega aquí. Sin embargo, no deja de ser un  consuelo ver cómo a los dueños del poder —de lado y lado— se les enredan los cables porque allá en el Norte la gente votó como le dio la gana.

Se movió el tablero en Washington y el sonido de las fichas retumba en la sala de la casa criolla. Toca acomodarse en la mecedora, abanicarse con ganas y ver quién es el primero en perder el paso en este joropo trancado.

Vienen varios amaneceres y varios veremos.


Friday, 30 October 2026

Dos mujeres se visten de blanco (Soledad Morillo Belloso)

 Dos mujeres se visten de blanco

Soledad Morillo Belloso

29 de octubre de 2026 — Día de San Narciso de Jerusalén, el santo paciente que soportó la calumnia antes de ver justicia.


Dos mujeres se visten de blanco y hablan, pero el blanco, como todo en este país golpeado, depende de la luz con que se mire. Para la una, atrincherada en un despacho oficial en el que está sin legitimidad, la bata blanca es un disfraz de pulcritud con el que pretende lavar la mugre del colapso, una coraza impoluta desde donde recitar la prórroga infinita, administrar la penuria a cuentagotas y pedirle a la gente que espere al 2027. Para la otra, con los zapatos sucios de la polvareda del camino y el blanco zurcido de abrazos apretados de la calle, la palabra no busca aplazar el destino sino sacudirle las pulgas a la resignación.

Y en medio de ese duelo de trajes sastre y verbos, el venezolano de a pie las mira de reojo desde la cola del pan o el autobús destartalado, sabiendo con esa sabiduría vieja del cansancio que mientras el poder habla para estirar su eternidad, la calle habla para no morirse por dentro.

Delcy: La retórica del despacho

El día amanece en Caracas con la misma neblina tibia de siempre. Pero abajo, en el cemento, el país no respira poesía; respira política, o lo que queda de ella después de tanto manoseo. Habló Delcy. Y cuando la vocería oficial toma el micrófono, en los cafetines de Chacao y en las colas de los Valles del Tuy se produce un silencio denso: el de una población que aprendió a leer entre líneas porque las líneas gruesas vienen siempre con tramposa costura.

Delcy no le habla a la nación; le habla al tablero y al tutor. Su discurso busca marcar terreno frente a los espejos del poder y las cancillerías extranjeras mediante una técnica depurada de cinismo institucional: envolver la grieta en celofán patriótico y vender el estancamiento como virtud estratégica.

Decir que el «horizonte político no se mide por una fecha» es, en el catecismo del poder, una forma elegante de clausurar el futuro. En la Venezuela profunda, el tiempo es una cuenta regresiva que duele en la nevera vacía y en la medicina impagable. Prometer que no habrá prisas electorales equivale a pedirle al paciente en terapia intensiva que se acomode en la almohada mientras los médicos debaten el color de la sala. El régimen sabe que el tiempo es su mejor recurso de amparo: mientras el ciudadano consume sus días resolviendo la supervivencia doméstica —el agua que no sube, la luz que agoniza, la gasolina que se evapora—, la cúpula teje una prórroga infinita. La fecha no importa cuando se es dueño del calendario.

La reacción ante el retorno de María Corina siguió el libreto clásico: llamar «show» al movimiento de la acera de enfrente. Se minimiza el peso de la contraparte con la misma soltura con que se niega la crisis o se afirma que «no hay persecución política», una aseveración que requiere una dosis superlativa de amnesia voluntaria. Es el país del revés: la oposición debe pedir permiso para existir mientras el poder se reserva el derecho de admisión al debate nacional.

El contraste resulta trágico. Por un lado, la mirada puesta en las bóvedas de Londres reclamando lingotes de oro con firmeza; por el otro, la promesa deslucida de que «pronto llegará el alivio» a un Sistema Eléctrico Nacional que agoniza. Imputar el colapso exclusivamente al bloqueo externo es una pirueta retórica que ya no convence. El ciudadano que perdió la nevera por un bajón de luz en Barquisimeto o lleva tres días sin señal en Maracaibo sabe que las turbinas no se arreglan con adjetivos en televisión.

En la contabilidad oficial, el salario dejó de ser el pago digno por el sudor para convertirse en una promesa que se estira al ritmo del calendario. Prometer con sonrisa de vitrina que «se trabaja en la recuperación de los ingresos» mientras el sueldo mínimo expira  es pedirle al trabajador que haga milagros con los panes y los peces. El régimen prefiere la bonificación sin incidencia, la dádiva que no genera jubilación; ese goteo que no llena la olla pero marea el hambre, al más acabado estilo de todos los regímenes facistas.

Hablar de 2027 es tirar una moneda al aire que siempre cae del mismo lado: un chicle que el régimen estira para pedir paciencia hoy, tranquilidad mañana y resignación siempre. Para el venezolano de a pie, no es una meta ni una esperanza, sino una promesa más en la lista de mañanas que nunca llegan a la mesa. La alocución deja el sabor amargo del café recalentado. El poder habla para sostener su arquitectura; la calle escucha con la resignación cansada del que ha visto pasar demasiadas promesas por la misma avenida.

María Corina: La urgencia de la calle

En la Universidad Católica Andrés Bello (mi alma mater), el aire de esta mañana tenía esa densidad particular que antecede a los acontecimientos. No era la vibración habitual de los pasillos a la hora de la primera clase, sino esa tensión  que se instala cuando el país real irrumpe en las aulas y el concreto parece volverse testigo. María Corina regresó al recinto universitario para marcar una posición de corte lapidario en el tablero de las urgencias nacionales.

Vestida de ese blanco impoluto que ya no es una simple elección textil sino una declaración de principios, se plantó ante los micrófonos sin las evasivas de la retórica política. Acompañada por estudiantes y profesores, desmontó de un plumazo la pretensión oficial de convertir el cambio democrático en una espera indefinida, soltando sin anestesia: «Aquí nadie se traga el cuento del 2027; la dignidad de un país golpeado no admite más prórrogas ni pactos de trastienda».

Frente a la narrativa de Palacio que intenta anestesiar el descontento, contrapuso la terquedad del presente y la urgencia de la calle. Dirigiéndose a quienes pretenden administrar la resignación a cuentagotas, fue directa al hueso: «El régimen se mide por el tiempo que quiere ganar, pero los venezolanos medimos la vida por el tiempo que nos han robado». Su mensaje caló hondo en la herida abierta del ciudadano común, recordándole al auditorio que «la libertad no se negocia en una mesa de sombras ni se pide de favor; se conquista de pie».

Para Machado, las prioridades no se dibujan en las pizarras de la burocracia: la tarea impostergable es desmantelar la estructura del colapso para restituir la libertad, rescatar la dignidad del salario frente a la limosna del bono y reconstruir los servicios públicos. Por encima de cualquier programa, su prioridad medular es detener la hemorragia de la migración y construir garantias para un retorno seguro. Asimismo, la atracción de inversiones no se concibe como un asunto de remates a oscuras, sino como un marco de estricta legalidad, seguridad jurídica y transparencia absoluta donde la ley sea la misma para todos.

Al despejarse el salón y quedar vacías las escalinatas de la UCAB, flotando en el ambiente permaneció una certeza incómoda para la cúpula del poder. Mientras en los despachos oficiales se insiste en manipular el calendario, en la acera de enfrente la paciencia se agotó y, como sentenció al cerrar su intervención: «El futuro no es una promesa en lata para cuando a ellos les convenga, sino una cuenta pendiente que se cobra en el asfalto diario».

Balance

Así se cierra esta jornada de blancos enfrentados y verbos dispares: de un lado, la moqueta oficial atrincherada en el cinismo de las prórrogas; del otro, la calle viva resistiéndose a que le congelen la esperanza. En esta singular versión de debate a distancia —un circo sin carpa donde los atriles fueron sustituidos por la frialdad de las pantallas y el eco de los pasillos universitarios— la verdadera contienda no se libró en la sutileza de las ideas, sino en la desfachatez para mirar a la cara a un país saqueado.

Perdió, con la contundencia trágica de lo grotesco, la oratoria de la intrusa de Miraflores, esa fábrica insaciable de mentiras enlatadas incapaz de llenar con adjetivos la nevera vacía o encender con decretos el bombillo apagado. Ganó, en el terreno desgarrador de la necesidad, quien supo traducir el crujir de tripas y la rabia contenida en una causa con nombre y apellido.

Ya vendrán los encuestólogos con sus carpetas bajo el brazo, sus decimales esterilizados y sus gráficos en PowerPoint a pontificar sobre quién subió un milímetro o quién trastabilló en el fango; ya dirán los politólogos qué renglón sumó más aplausos en el mapa de las vanidades. Pero en el marcador despiadado de la calle, la sentencia quedó dictada sin apelación: mientras un bando jugó con un descaro miserable a ganar tiempo, el otro dejó al desnudo que a Venezuela se le agotó la anestesia.

Entre los comunicados impolutos del Palacio y la mugre cotidiana del asfalto, el ciudadano de a pie apaga hoy la luz —o espera con resignación feroz a que regrese— sabiendo que las promesas no se comen, que los cínicos no se regeneran y que ningún imperio de adjetivos, por más blanco que se vista, sobrevivirá al juicio lapidario de un pueblo que perdió hasta el miedo a quedarse a oscuras.

«Estamos mal, pero vamos bien», diría Teodoro. Invito a tirios y troyanos —a hunos y a otros— a revisar con calma ambas declaraciones. Al final, la democracia exige ciudadanos analíticos, no personas que se dejen llevar a ciegas.


Soledadmorillobelloso@gmail.com






COMENTARIO:
excelente escrito,acertadísimo,contundente

Wednesday, 14 October 2026

INFORMACION AL PRESIDENTE DONALD TRUMP : DR. EDUARDO FERNANDEZ

 Eduardo Fernández

13-10-2026

Alguien le está metiendo mentiras al Presidente Trump. Le han dicho que en Venezuela estamos bailando de contentos porque la situación política y la situación económica han mejorado mucho desde que el tomo la decisión de llevarse a Nicolás Maduro hace ya diez meses.

Al Presidente Trump por lo visto, lo están engañando. Ojala sus amigos y colaboradores de la Embajada de Estados Unidos en Venezuela le hagan llegar estas modestas y humildes observaciones.

Lo primero que quiero decirle es que la situación económica sigue siendo tan mala o peor que lo que era al comenzar el año.

Seguimos siendo víctimas de una catastrófica “recesión” que se traduce en una caída brutal del tamaño de nuestra economía. Una caída significativa del Producto Interno.

Además, seguimos padeciendo por una inflación galopante. Es posible que seamos el mayor caso de inflación en el mundo.

Los ingresos petroleros que supuestamente han aumentado pero que ahora los administran desde los Estados Unidos, no se ven por ninguna parte. El efecto de esos ingresos no han servido para mejorar la calidad de la vida de los venezolanos y tampoco para mejorar los salarios que siguen siendo escandalosamente bajos.

Al Presidente Trump seguramente no le han informado que en Venezuela todavía existe la figura de los presos políticos. Aunque usted no lo crea, todavía hay presos políticos y todavía hay violaciones a los derechos humanos y al estado de derecho. A pesar de las graves frases amables que el Presidente Trump le dedica a la señora Delcy Rodríguez quien ejerce interinamente la presidencia de Venezuela y a pesar del muy cordial encuentro que sostuvieron en Nueva York con muchos de la Asamblea General de las Naciones Unidas, todavía en Venezuela hay presos políticos y violaciones al Estado de Derecho y a los Derechos Humanos.

En esas circunstancias, señor Presidente Trump, no hay ningún motivo para estar bailando de contentos en las calles de Caracas.

Además de todo lo anterior no sé si el señor Trump estará enterado de que todavía no hemos celebrado elecciones para recuperar nuestra soberanía. 
No solo eso, es que todavía no se den pasos en la dirección de crear condiciones para poder realizar esas elecciones.

Seguiremos conversando. 

Thursday, 24 September 2026

HASTA EL FINAL (Elizabeth Sánchez Vegas)

 

HASTA EL FINAL



Apuntes de una ciudadana del mundo sobre María Corina Machado, escritos sin encargo, sin redacción que los reclame y sin más permiso que el de la propia conciencia.

Por Elizabeth Sánchez Vegas

Quiero aclararlo antes que cualquier otra cosa, no por humildad fingida sino porque me parece que importa: no escribo para un periódico, no me paga una revista, no hay un canal detrás de estas líneas ni un editor esperándolas con la impaciencia del cierre. Toda mi tribuna son dos o tres cuentas en redes sociales con apenas unos cuantos seguidores, gente que me lee por cariño o por costumbre y que nunca me pidió que escribiera sobre esto. Tampoco me ampara esa coartada tan cómoda de las credenciales, esa que permite decir lo que uno piensa poniéndole encima el escudo de una institución para que el golpe no llegue directo al cuerpo. Escribo desde el único lugar desde el que cualquiera puede escribir cuando ya no soporta el silencio, que es el lugar sin techo, sin gremio y sin salario, ese punto de la intemperie donde una persona se queda a solas con una historia que la desvela y decide que va a contarla aunque nadie se la haya pedido. Si estas palabras vuelan y alguien las lee del otro lado del mundo, magnífico, que vuelen. Y si se quedan aquí, apagándose despacio como se apagan casi todas las cosas que escribimos de madrugada, también está bien, porque entonces habrán servido al menos para dejar constancia de que una mujer cualquiera, en un momento cualquiera de este siglo apresurado, se detuvo a mirar de frente lo que otra mujer estaba haciendo con su vida y no pudo quedarse callada.

Hay una idea instalada, casi un axioma de nuestra época, según la cual la política es un oficio de dentaduras impecables y promesas negociables, un teatro donde los papeles se reparten por conveniencia y se abandonan por lo mismo. Y después está esta señora venezolana, ingeniera industrial de formación, mujer de números y de proyectos financieros, que en 1992, cuando podía haber dedicado su cabeza privilegiada a multiplicar patrimonios ajenos y propios, abrió una casa para los niños que dormían en las aceras de Caracas. Pienso mucho en ese detalle, más de lo que quisiera. Pienso en la clase de persona que va caminando por su ciudad, ve un bulto pequeño durmiendo sobre un cartón en la entrada de un edificio y, en lugar de apurar el paso como hacemos todos, se detiene y decide que eso es inaceptable y que le corresponde a ella hacer algo. No lo escribo como dato de currículum: lo escribo porque ahí está la llave de todo lo demás, el primer indicio de una vocación que no consiste en tomar el poder sino en recoger con las manos lo que el poder deja tirado en la calle. Diez años después, cuando fundó Súmate para que la gente aprendiera a contar sus propios votos y a defenderlos mesa por mesa, estaba haciendo exactamente lo mismo a otra escala: recoger del suelo algo que también habían arrojado ahí, en este caso la idea escandalosamente simple de que un pueblo tiene derecho a saber cuántos son los suyos y hacia dónde quieren ir.

Por enseñar a contar votos la acusaron de traición a la patria. Hay que detenerse en esa frase, masticarla despacio hasta que duela, porque en ella está condensada toda la lógica de los regímenes que confunden el país con su propia biografía: se acusa de traicionar a la nación a quien pide que la nación hable. Después vinieron las otras humillaciones, administradas con esa paciencia burocrática que es la forma más cobarde de la crueldad, porque no deja moretones visibles y desgasta durante décadas sin que nadie tenga que ensuciarse las manos. La prohibición de salir del país sin condena que la sustentara. La inhabilitación por quince años firmada en una oficina, con sello y membrete, sobre un papel que ningún tribunal decente del mundo defendería en público sin sonrojarse. El escaño de diputada arrancado de un plumazo en 2014, después de que ella hubiera llegado a ese hemiciclo con la votación más alta que había recibido nadie en la historia del Parlamento venezolano, un detalle que sus enemigos prefieren no recordar y que explica por qué le tuvieron siempre tanto miedo. Y antes de todo eso, aquella escena que los venezolanos guardan en la memoria como se guarda un fósforo encendido en el hueco de la mano para que el viento no lo apague: una mujer de pie interrumpiendo el discurso interminable del hombre más poderoso del continente para decirle a la cara que expropiar es robar, y el hombre poderoso respondiéndole con aquella arrogancia que ya olía a mausoleo, que el águila no caza moscas, sin sospechar que acababa de regalarle a su adversaria la imagen fundacional de todo lo que vendría después.

Lo que más me conmueve de ella, sin embargo, no es ninguno de esos episodios de coraje espectacular, porque el coraje espectacular dura un minuto y sale bien en las fotografías. Lo que me desarma es la otra cosa, la que no fotografía nadie: la década entera recorriendo pueblos que no aparecen en los mapas, carreteras rotas, aldeas donde ya no quedaban ni luz, ni médicos, ni muchachos, porque todos se habían ido; plazas con veinte personas escuchándola bajo un sol que parte las piedras, y ella hablándoles con la misma intensidad con que hablaría ante un estadio, porque para ella esos veinte eran el país entero. Esa constancia sin público es la parte más dura de todas, ese trabajo de hormiga de sumar voluntades de una en una, de dos en dos, de diez en diez, sabiendo que la cosecha, si algún día llega, llegará tarde y quizá no llegue para quien la sembró. Por eso, cuando en octubre de 2023 más de dos millones de venezolanos desafiaron el miedo y le dieron más del noventa por ciento de los votos en una primaria que el régimen había declarado imposible, ese resultado no fue un milagro ni un fenómeno mediático: fue la factura de diez años de kilómetros, de gasolina negada, de hoteles que le cerraban la puerta, de dirigentes locales presos, de caravanas detenidas en alcabalas por hombres armados que tenían órdenes precisas de humillarla. La inhabilitaron enseguida, por supuesto, porque el sistema no supo hacer otra cosa, y ella respondió con seis palabras que deberían enseñarse en todas las escuelas de derecho constitucional del planeta: 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐡𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚 𝐞𝐬 𝐞𝐥 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚.

Después llegó 2024 y ocurrió aquello que todavía no sabemos nombrar del todo. Una mujer a la que le habían prohibido ser candidata cruzó el país de punta a punta con la camisa blanca y los jeans de siempre, encaramada en camionetas, levantada en hombros por gente que lloraba al verla sin entender bien por qué lloraba, haciendo campaña por otro hombre, Edmundo González Urrutia, en el gesto de desprendimiento político más limpio que ha dado América Latina en mucho tiempo. Y entonces sucedió lo verdaderamente extraordinario, que no fue ella sino lo que ella encendió: cientos de miles de venezolanos comunes, señoras de barrio, muchachos de liceo, jubilados con las rodillas destrozadas, se formaron durante meses para vigilar mesas electorales, aguantaron horas de pie sin comer, fotografiaron actas con teléfonos viejos, las escondieron en la ropa interior y en los zapatos y las sacaron a la luz del mundo mientras afuera los esperaban las camionetas sin placas. Un país entero convertido en notaría de sí mismo. Eso no lo organiza el carisma; eso lo organiza la confianza, que es la sustancia más difícil de fabricar que existe y la única que no se puede confiscar.

Y hay una cosa que no he podido quitarme de la cabeza desde que la vi: en esas plazas la gente no le pedía comida, que era lo que faltaba, ni medicinas, que era de lo que se estaban muriendo. Le pedían, con el teléfono en la mano y la pantalla encendida en la cara de un hijo que se fue hace seis años, que se los devolviera. No conozco otra campaña en el mundo donde la promesa central no fuera un empleo ni un subsidio, sino algo tan antiguo y tan pequeño como volver a sentar a una familia completa alrededor de la misma mesa; y no conozco a nadie más que haya entendido que ese, y no la presidencia, era el único cargo por el que valía la pena jugarse la vida.

Lo que siguió fue un año y medio de sótanos, de casas prestadas, de mudanzas nocturnas, de mensajes grabados en penumbra para sostenerle el ánimo a un pueblo desde un escondite cuya ubicación no conocía ni su propia familia. Una mujer de cincuenta y tantos años, madre de tres hijos, viviendo como una fugitiva en la tierra donde nació por el delito de haber ganado. En octubre de 2025 el Comité Noruego le dio el Premio Nobel de la Paz por su trabajo incansable en favor de los derechos democráticos del pueblo venezolano, y esa frase, tan sobria, tan escandinava, tan incapaz de contener lo que nombraba, sonó en Venezuela como suena el agua cuando se lleva demasiado tiempo con sed. Y cuando llegó el 10 de diciembre y el mundo miraba hacia el ayuntamiento de Oslo, ella no estaba ahí: estaba cruzando el mar en una lancha, o esperando en alguna pista, o pasando alcabalas con el corazón en la garganta, mientras su hija Ana Corina, de pie ante reyes y ministros, leía en voz alta las palabras que su madre había escrito a escondidas. Llegó de madrugada, casi un día tarde, agotada, y se asomó al balcón de un hotel donde decenas de venezolanos la esperaban en el frío de diciembre, y se puso la mano en el pecho y cantó el himno de un país al que no podía volver, mientras desde la calle le gritaban valiente, libertad, María, ayúdanos a volver. Yo he visto ese video más veces de las que me atrevo a confesar y todavía no consigo llegar al final sin que se me nuble la vista, y ya dejé de avergonzarme de eso.

Sería tentador cerrar aquí, con el balcón y el himno y las banderas en el frío de Oslo, porque ahí la historia queda redonda y consoladora. Pero esta mujer no peleó veinticinco años para terminar convertida en una fotografía admirable. El palacio se vació, y aun así lo que ella prometió no ha llegado, porque su apuesta jamás fue sacar a un hombre de un despacho sino conseguir que un pueblo se contara a sí mismo y que esa cuenta valiera, y eso no lo firma ninguna potencia extranjera en ningún hotel con aire acondicionado y traductores simultáneos. Eso lo hacen los venezolanos, con ella adentro. Por eso va a volver.

Y la están esperando de una forma que no cabe en ninguna encuesta. Hay gente que todavía guarda las copias de aquellas actas del 28 de julio en una carpeta plástica, dentro del escaparate, entre las partidas de nacimiento y los recibos viejos, no por nostalgia ni por archivo sentimental, sino porque nadie les ha dicho aún que ya pueden botarlas y porque intuyen que ese papel arrugado es el único título de propiedad que tienen sobre su propio país. Venezuela lleva demasiado tiempo aprendiendo a esperar, hasta convertir la espera en una disciplina y casi en un oficio, y ese pueblo que se entrenó durante años en la paciencia no piensa gastar el último tramo resignándose ahora que ella está apenas a un avión de distancia.

La espero yo también, sin tribuna, sin medio, sin nada que ofrecerle salvo estas páginas escritas de noche por puro desacato al silencio. La espero porque su historia dejó de pertenecerle hace rato y ahora nos hace falta a todos los que seguimos sospechando que la decencia es un proyecto viable y no una ingenuidad de gente mal informada.

Porque «hasta el final» nunca fue un eslogan salido del laboratorio de un asesor de imagen: fue un contrato firmado a dos manos, en plazas polvorientas de caseríos sin semáforo, entre una mujer que prometió no rendirse y un pueblo que le respondió con lo único que le quedaba, su palabra. Ella ya cumplió la suya, íntegra, sin descuentos, incluidos los dieciséis meses en que le tocó vivir escondida en la tierra donde nació. Falta la mitad nuestra, la de los que miramos, y es mucho más humilde que la suya: consiste apenas en no cansarnos, en no cambiar de tema, en no dejar que la costumbre consiga lo que no consiguieron las amenazas. Ella puso el cuerpo. Nosotros solo tenemos que poner la memoria.

Yo no me voy a cansar. Y el día que ella baje de ese avión sin lancha, sin alcabalas y sin la mano de nadie tapándole la cara, lo que va a retumbar en Venezuela no va a ser un aplauso: va a ser un país entero respondiendo a una promesa que nunca dejó de estar viva.

𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥, 𝐌𝐚𝐫í𝐚 𝐂𝐨𝐫𝐢𝐧𝐚. 𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥.

FELIZ LIBERTAD
🙏🏻💛💙❤️🇻🇪❤️💙💛 

MARIA CORINA MACHADO PARISCA (UNICA Y VERDADERA LIDER DE VENEZUELA)

 María Corina Machado, líder opositora venezolana y Premio Nobel de la Paz 2025, salió de Venezuela de forma clandestina en diciembre de 2025 para recoger el galardón en Oslo. Nueve meses después, sigue fuera de su país. Hasta ahora ha intentado regresar en siete ocasiones, todas infructuosas.

Los intentos más recientes ocurrieron esta misma semana desde Panamá. En menos de 24 horas se frustraron tres: una salida por mar cancelada por supuestos fallos mecánicos del barco, un vuelo hacia Aruba que no despegó y otro hacia Curazao que tampoco prosperó. Esos fueron el quinto, sexto y séptimo intento.

Antes, tras los terremotos de junio de 2026, también intentó acercarse por Curazao desde Estados Unidos y luego desde Panamá. En ambos casos el plan se abortó. Machado denunció entonces el cierre del espacio aéreo comercial y amenazas contra quienes facilitaban su retorno. Quería entrar para acompañar a las víctimas y ayudar en la emergencia.

El contexto es complejo: no tiene pasaporte venezolano vigente, Washington ha enviado señales mixtas sobre si apoya o no su entrada inmediata, y las autoridades venezolanas no le han facilitado el regreso. Ella insiste en que es ciudadana venezolana y que el momento de estar en el país ha llegado. “Estoy lista y cerca de Venezuela, y haré lo que haya que hacer para encontrarnos allá”, ha dicho. Hasta ahora, ninguno de los siete intentos lo ha logrado.


María Corina Machado, Venezuelan opposition leader and 2025 Nobel Peace Prize laureate, left Venezuela clandestinely in December 2025 to collect the award in Oslo. Nine months later, she remains outside her country. So far she has made seven unsuccessful attempts to return.

The most recent efforts took place this week from Panama. In less than 24 hours, three plans collapsed: a maritime departure canceled over alleged mechanical problems with the boat, a flight to Aruba that never took off, and another to Curaçao that also failed. Those were attempts five, six and seven.

Earlier, after the June 2026 earthquakes, she also tried to approach via Curaçao from the United States and later from Panama. Both plans were aborted. At the time Machado denounced the closure of commercial airspace and threats against those helping her return. She said she wanted to enter to stand with the victims and help during the emergency.

The situation is complicated: she does not have a valid Venezuelan passport, Washington has sent mixed signals about supporting an immediate return, and Venezuelan authorities have not facilitated her entry. She maintains that she is a Venezuelan citizen and that the time to be in the country has come. “I am ready and close to Venezuela, and I will do whatever it takes for us to meet there,” she has said. So far, none of the seven attempts has succeeded.

Wednesday, 2 September 2026

Reconocimiento a María Corina Machado Parisca

 Reconocimiento a María Corina Machado Parisca

Hay vidas que no se miden por los años que duran, sino por lo que entregan. Hay mujeres que no piden permiso para defender una patria. María Corina Machado Parisca es una de ellas.

Insigne, luchadora y honesta, consagró su juventud, su familia, sus hijos, su bienestar y su fortuna a una sola causa: la libertad de Venezuela. Lo hizo cuando muchos callaban. Lo hizo cuando el precio era el destierro interior, la amenaza, la calumnia y la soledad. Lo hizo por un pueblo que, en no pocos momentos, ha sido parcialmente desagradecido con quienes más han arriesgado por él.

Siendo aún una mujer joven, se plantó cara a cara, sin miedo y sin cálculo, ante el dictador comunista Hugo Chávez, traidor a la República. En el hemiciclo de la Asamblea Nacional le dijo lo que pocos se atrevían a pronunciar: que expropiar es robar, que el tiempo se le había acabado y que Venezuela no quería el comunismo, sino justicia, propiedad, solidaridad y superación. No le tembló la voz. No bajó la mirada.

El pueblo la reconoció. Fue electa diputada a la Asamblea Nacional con la votación más alta de todo el país en su época. Años después, en 2024, volvió a ganar: no con un cargo que el régimen le negó, sino con el mandato moral y popular de una nación que la eligió como su líder y que, a través de las actas que el pueblo resguardó, proclamó la victoria de la democracia.

Desde entonces no ha cesado. Clandestina o a la luz, perseguida o premiada, sigue luchando incansablemente por su querido país. No ha transado. No ha claudicado. No ha vendido la esperanza.

Hoy reconocemos a María Corina Machado no como un símbolo de mármol, sino como una mujer de carne, madre, ciudadana y combatiente civil. Venezuela le debe una deuda que no se paga con aplausos tardíos, sino con memoria, lealtad y la decisión de no abandonar la lucha que ella nunca abandonó.

Por su valor.

Por su integridad.

Por su sacrificio.

Por Venezuela.

Honor a quien honor merece.




https://robmart2011.blogspot.com/2026/07/dear-president-trump-and-secretary-of.html?m=1

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Tuesday, 1 September 2026

ASI ESTA VENEZUELA HOY (OPINIONES--COMENTARIOS) Y ANALISTAS!!¡??

  El acuerdo petrolero de Trump irrita a ambos bandos de la división política venezolana.

 Venezuela seguirá siendo una colonia

ANTES invadida por Irán, Rusia, China, protectorado de Cuba, santuario de Hezbollah, de boko Haram, de HAMAS terroristas de todas partes, cárteles de droga, etc...  

Ahora PROTECTORADO GRINGO 

 https://substack.com/@aroliveros/note/c-325732000?r=89ugwk


 La negociación petrolera: Estoy de acuerdo con las múltiples dudas y críticas expresadas sobre este tema con razones de importante valor como patriotismo, seguridad, soberanía, etc.  También estoy consciente de lo que este acuerdo significa para Trump en vísperas de las elecciones en Noviembre.  Definitivamente es un dilema para los Venezolanos pero quiero terminar con la siguiente declaración que debe ser ponderada: “The search for perfection leads to stagnation”.
                                                                                                 (LA BUSQUEDA DE LA PERFECCION CONDUCE AL ESTANCAMIENTO)

 No entiendo por qué, los opinadores de oficio; ahora cargan está alaharaca con la entrega de los millones de barriles u otras cositas mas🤔 por parte de el Tutelado gobierno actual a USA.

Siempre he tratado de vivir con este principio.: ""Quien se crea expectativas, sobre todo con los políticos; solo se lleva decepciones""

Y a los Venezolanos, que nos encanta nos resuelvan nuestros problemas políticos y lamentablemente padecemos de mucha ingenuidad y falta de memoria ;  vieron el cielo abierto con Mr.Trump . 
Hicieron fiestas, tiraron cohetes y oian al Gocho, dándole loas a este personaje salvador y restaurador de la Democracia en Vzla y sus tres famosos pasos.???

Desde un principio, algunos nos dimos cuenta con el trato al Presidente Electo, a MCM y la respuesta de los jefes de las compañías petroleras : ""Si no hay gobierno legítimo; no hay inversión en Vzla."".

Que no podían pretender un Gobierno legítimo, ya  que Por la Constitución Actual no les podría permitir este Tutelaje.

La extraída de Maduro y Cilia, solo era un ejemplo ,para los personajes q dejaban mandando : De no hacer lo q  les exigiera Mr Trump y Marco Rubio ; pues Tendrían el mismo fin:
El mono naranja o un ataúd.
Como dice el refrán: "" Te enseño el collar y aguanto al perro ""
Mientras tanto ,pues solo cambiamos de invasor o Tutelador.. Unos expertos de oficio, Felices  xq. No sean los Cubanos ,Chinos. Hezbolah, Irán etc,etc.

Por qué los sacaron del negocio y otros Felices por q entran de nuevo, en el negocio..

""Quítate tu paaaa poneme Yo.""

Yyyyyyy  los Venezolanos de a pie. Cómo quedan ?? Cómo se come eso..???

Seraaaaa..Que con la inmensa cantidad de $( Que no se sabe a quien le rinden cuentas , Como los insertan al país, a quien se los entregan ,etc etc), producto de la venta exclusiva de esos ítems, tendremos mejores Escuelas, Universidades, mejores profesores, mejor educación, mejoran Moral y Luces , mejores hospitales, mejor servicio Eléctrico ,( con la inserción de del bolichico mayor)Tendremos buena calidad y servicio de agua , menor inflación en $. Etc etc..

Seraaaaa, que en esta nueva entrega de el país, nos irá un poquito mejor ..Seraaaaa q a mi edad, lo podré ver y disfrutar.??

Feliz y bendecido ultimo Domingo de Agosto.. 










DONALD Y DELCY

Reflexiones sobre el Petróleo.

Eduardo Fernández
30-08-2026.

Venezuela tiene petróleo. Mucho petróleo. Estados Unidos necesita petróleo, mucho petróleo.

Para poder aprovechar su petróleo Venezuela necesita tres cosas: Capitales, tecnología y acceso a los mercados. Sin esas tres cosas, el petróleo venezolano es una riqueza inútil. Inútil para nosotros e inútil para ellos.

Estados Unidos tiene capitales. Tiene tecnología y tiene facilidades de acceso a la comercialización del petróleo en los mercados internacionales. Por eso es perfectamente razonable que exista un acuerdo entre Estados Unidos y Venezuela.

El problema surge cuando examinamos quienes negocian. Por parte de Estados Unidos negocia un presidente, Donald Trump, que es un presidente legítimo. Elegido por su pueblo. En elecciones incuestionables. Supervisado además por un Congreso igualmente legítimo, elegido por el pueblo norteamericano y por una opinión pública muy bien informada y muy atenta.

Por Venezuela negocia una señora, Delcy Rodríguez, que no tiene ninguna legitimidad ni ninguna representatividad. No hay Congreso ni Asamblea que supervise y la opinión pública no tiene ninguna información. Prevalece la desinformación y la opacidad.

Unas autoridades que surjan de un próximo proceso electoral, cosa que esperamos que ocurra muy pronto, podrían perfectamente desconocer esos acuerdos.

Esa circunstancia les da un carácter de precariedad y de inestabilidad que no son convenientes en ese tipo de asuntos.

Por último, hay dos cosas que quedan muy claras con este acuerdo: la primera es que al señor Trump le interesa más el petróleo venezolano que la democracia venezolana.

La segunda es que el discurso anti-imperialista de los hermanos Rodríguez era una mentira podrida.

Seguiremos conversando!