Saturday, 7 November 2026

El laborioso laberinto del Partido Demócrata (Soledad Morillo Belloso)

 

El laborioso laberinto del Partido Demócrata

Soledad Morillo Belloso


Ganar no es un milagro de altar ni un rayo que cae en patio ajeno; en la alta política de los del gorro azul, la victoria se amasa como el pan de cada día: con paciencia de vieja zurcidora, un poco de levadura social y la terquedad de quien sabe amarrarse los zapatos antes de cruzar la quebrada.

Los demócratas no triunfaron por haber descubierto el agua tibia ni por pronunciar discursos con olor a santidad. Ganaron porque supieron tejer en las esquinas donde la gente sufre el calor y el frío y paga la cuenta de la farmacia. Mientras la acera de enfrente montaba tribunales de moral sobre la mesa del comedor, ellos le bisbisearon al oído a esa masa heterogénea de las barriadas periurbanas, las urbanizaciones de clase media asfixiada y las cocinas donde el sueldo nunca alcanza. En la más elemental estrategia de campaña, tomaron el camino del voto castigo. Y les funcionó: arrebataron la mayoría en ambas cámaras del Congreso —alcanzando 52 escaños en el Senado tras voltear siete bancadas clave y superando los 218 necesarios en la Cámara de Representantes— y afianzaron su presencia territorial con 22 gobernaciones.

Apretaron la tuerca donde más le duele al ciudadano de a pie: la receta médica, la luz, la gasolina, el derecho a decidir de las muchachas y la sospecha amarga de que la democracia se les desgastaba en los bordes como un mantel viejo. Desplegaron una red de hormigas rabiosas que tocaron puertas con planilla en mano, pescando en la abstención juvenil y en el desencanto cansino de las señoras de urbanización que ya no se tragan el cuento del espantapájaros. No nos engañemos: los azules no vencieron por ser ángeles tutelares, sino porque encarnaron el mal menor frente a un adversario mirado en el espejo de su propio dogmatismo. La victoria fue el arte de sumar los jirones de una sociedad agrietada.

Pero ahora toca cumplir, y ahí es donde la puerca tuerce el rabo y las promesas empiezan a oler a alcanfor. Una cosa es enamorar en el balcón, con la brisa a favor y la pancarta limpia, y otra muy distinta es sentarse a gobernar con el presupuesto tullido y la mitad de la casa con el cuchillo entre los dientes. La victoria dura lo que un aplauso en la plaza; al día siguiente amanece la misma realidad descascarada.

El problema de sumar jirones es que, a la hora de gobernar, cada cual tira para su lado. El equilibrio es de cuerda floja sobre un enjambre de avispas: si ceden ante la izquierda más estridente, asustan al votante moderado; si se encierran en la tecnocracia tibia de pasillo, matan el entusiasmo de la juventud que les llenó las urnas. Y enfrente, el vencido no se quedará de brazos cruzados. No hay momento más peligroso para una fiera política —y Trump lo es— que verse herida y acorralada tras perder el Legislativo pero conservando trincheras y una base dispuesta al encontronazo. Lejos de la moderación, el rival repliega sus fuerzas para contratacar con ánimo implacable.

El Ejecutivo mantiene el sello oficial y la caja fiscal, pero la casa tiene más dueños. En democracia, gobernar no es un monólogo y el Congreso y el Senado se erigen como freno, espejo y gallinero donde se cantan las verdades mediante sus tres funciones vitales:

Legislar: Pasar de la lírica electoral a la letra dura de la ley. Sin la firma del Congreso, las promesas presidenciales son literatura de folleto; la norma requiere un regateo al caldero para no quedar durmiendo en una gaveta.
Controlar: Cumplir el rol de la vieja quisquillosa que revisa las cuentas de la casa: citar ministros, exigir facturas, destapar guisos y meterle la lupa a cada centavo para recordar que la chequera no es de propiedad privada.
Ser foro político: Mantener encendido el altavoz de la nación, ese espacio donde las minorías hacen ruido y el país se oye a sí mismo con sus gritos y desafinaciones.

En este tablero de pesos y contrapesos, la fiscalización bordea el peligro de la instrumentalización. Surge la tentación del impeachment o juicio político, que concebido como mecanismo extraordinario para sancionar faltas graves, corre el riesgo de degradarse en una táctica ordinaria de desgaste. Usarlo como baza de confrontación no solo paraliza la agenda y brinda excusas al Ejecutivo, sino que profundiza la fractura social y convierte el control en un espectáculo punitivo donde se anula la negociación.

A este cuadro se suma la peor de las carencias: la orfandad de liderazgo. Una cosa es ganar elecciones locales o retener gobernaciones a fuerza de cálculo territorial, y otra muy distinta es parir —con fórceps y sin garantía de éxito— a esa figura estelar capaz de sintetizar las contradicciones de una nación en un solo rostro, una sola voz y un relato que enamore a las multitudes para conquistar la Casa Blanca. Los demócratas tienen cuadros inteligentes, funcionarios pulidos en los pasillos de Washington y gobernadores eficaces de bajo perfil; pero les escasea ese líder telúrico y magnético, capaz de sacudir las pasiones populares sin espantar al moderado ni aburrir al universitario.

Mientras no resuelvan ese vacío, cada victoria legislativa será una tregua precaria. Toca transitar con rapidez de la euforia del triunfo a la serenidad del poder, lo que exige pragmatismo, templanza y foco estratégico bajo cuatro ejes:

Del discurso al pragmatismo: Gobernar para una sociedad heterogénea respondiendo a las expectativas reales del electorado, sin ceder a la tentación de la sobrerreacción o el desquite político.
Gestión de la disciplina interna: Contener las expectativas de transformaciones inmediatas que desatan frustración y construir consensos entre el ala progresista y los sectores moderados para garantizar la gobernabilidad.
Priorizar lo sustancial sobre lo simbólico: En lugar de desgastarse en batallas discursivas o territoriales de bajo alcance, la prioridad debe centrarse en generar certidumbre económica para la clase media y demostrar capacidad institucional.
Conexión con el centro independiente: Preservar la confianza del votante moderado e independiente proyectando serenidad, institucionalidad y resultados concretos.

La euforia es efímera; la legitimidad de un mandato se construye en el día a día. El verdadero reto para la dirigencia demócrata reside en transformar el entusiasmo de las urnas en una visión equilibrada, capaz de resistir el desgaste del ejercicio del poder y de tender puentes en un entorno ásperamente fragmentado.

 

La dictadura de la piedra y la astucia del agua: La dialéctica del poder, por Soledad Morillo Belloso

La dictadura de la piedra y la astucia del agua: La dialéctica del poder, por Soledad Morillo Belloso

Hay una elegancia amarga en ver caer las cosas pesadas. Durante siglos nos acostumbramos a pensar el poder como un asunto de granito, incienso y lacres de cera roja. Nos enseñaron a venerar la solidez: la tiara papal dictando el destino de las almas desde una Roma de mármol, o la peluca empolvada de Luis XIV decidiendo el impuesto al pan en las galerías vidriadas de Versalles. Aquello era el Estado con mayúscula, una catedral con pretensiones de eternidad donde las reglas estaban escritas para durar más que los hombres que las promulgaban. Nos gustaba ese decorado porque nos daba la cómoda ilusión de que el mundo tenía un centro de gravedad inamovible.

Pero la verdad, esa intrusa incómoda que suele colarse por las rendijas de la historia, siempre ha preferido navegar a vela desplegada.

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A través de la lente sociológica de Zygmunt Bauman y la gestión de riesgos estratégicos planteada por Alberto Ray en Riesgos Líquidos, el ejercicio del poder se revela no como un monumento estático, sino como una eterna marejada entre la pesadez institucional y la astucia de las corrientes invisibles





1. La oscilación entre la piedra y el flujo

El mapa de las civilizaciones jamás ha sido un boceto estático. Ha sido, más bien, un movimiento pendular entre la manía de construir fortificaciones y la terquedad del viento que termina por saltárselas.

  • El Papado Medieval (Siglos XI – XIV): La apoteosis del poder sólido espiritual y temporal. Frente a una Europa dividida en pedazos, Roma erigió una monarquía teocrática absoluta respaldada por el Derecho Canónico, una burocracia tributaria transnacional —la Curia— y el monopolio de las conciencias. Era la fe convertida en piedra, donde el disentimiento no se discutía: se excomulgaba.

  • Las Incursiones Vikingas (Siglos VIII – XI): Las bandas de guerra escandinavas ejercieron la primera gran red líquida de la historia. Usaron los mares y ríos navegables como autopistas invisibles frente a reinos anglosajones anclados en el suelo (Mercia, Wessex, Northumbria). Aparecían de la nada, cobraban el botín en una tarde y desaparecían antes de que el rey local lograra convocar a su ejército. Mutaron con pasmosa agilidad de piratas a colonos del Danelaw y, finalmente, a coronas marítimas.

  • La Piratería en el Caribe (Siglos XVII – XVIII): Mucho antes de que los sociólogos de escritorio descubrieran la «liquidez» en despachos universitarios, el Caribe ya conocía el asunto. Enclaves anárquicos como Tortuga, Port Royal o Nasáu funcionaron como redes descentralizadas. Mientras los reyes castellanos firmaban pragmáticas reales en escritorios de caoba, las fragatas corsarias le recordaban a los imperios que el mar no acepta escrituras de propiedad. Las potencias coloniales utilizaron esa fluidez corsaria como un actor híbrido para desestabilizar al enemigo sin asumir el costo diplomático directo.

  • La Francia de Luis XIV (1643 – 1715): El Rey Sol encarnó el cenit del poder sólido secular («L’État, c’est moi»). Centralización piramidal en Versalles, fortificación geométrica de las fronteras bajo el diseño de Vauban y una economía cerrada conducida por el colbertismo. Era el modelo perfecto del Estado Westfaliano: mensurable, visible, pesado e inamovible.

  • La Era Contemporánea (Siglo XXI): Hoy, como advierte Ray, la comedia se repite pero con diferente vestuario. Las estructuras estatales y financieras intentan gestionar crisis desbocadas mediante memorandums y sellos húmedos, mientras las redes informales, los criptoactivos y el crimen transnacional colonizan los vacíos institucionales con una inmediatez que ridiculiza los códigos penales.

2. Radiografía de dos mundos

DimensiónPoder Sólido (Absolutismo, Papado, Estado Tradicional)Poder Líquido (Vikingos, Corsarios, Redes Digitales)
EstructuraBurocrática, jerárquica, piramidal y fuertemente institucionalizada.Descentralizada, reticular, de nodos independientes y horizontal.
AnclajeTerritorial, centrado en fronteras, fortificaciones, bóvedas y sedes físicas.Desterritorializado, móvil, enfocado en flujos, redes y vectores virtuales.
OperativaBasada en el protocolo formal, los registros impresos y el monopolio legal.Basada en la inmediatez, la confianza peer-to-peer, la sorpresa y la agilidad.
AdaptabilidadLenta, atada a normas canónicas, aranceles rígidos y temor a la firma.Mutante, reactiva, capaz de reconfigurarse si un nodo es eliminado.

3. La pesadez de nuestras viejas estatuas

Ocurrió con los monasterios anglosajones ante las velas vikingas y ocurre hoy en el cruce de la gestión de crisis moderna. Por un lado se erige el Estado tradicional —un mastodonte de escritorios alfombrados, sellos de goma y comisiones que se reúnen para aprobar el acta de la reunión anterior—; por el otro, la red informal, esa estructura de sótanos y márgenes que no tiene estatutos notariados, pero resuelve, muta y sobrevive antes de que el primer funcionario logre encender su ordenador.

El verdadero drama de nuestro tiempo no es que la solidez haya muerto, sino el ridículo empeño de los guardianes del orden en seguir lustrando estatuas de bronce en medio de una marejada. Alberto Ray lo advierte con la crudeza del cirujano: los riesgos contemporáneos no marchan en fila india ni llevan uniforme; cambian de forma en la noche y se ríen de los protocolos rígidos de los ministerios. Nos rodea un catálogo de instituciones obesas que confunden el peso con la fuerza, olvidando que la piedra, por más majestuosa que parezca, nunca cede: se quiebra. Y en esa grieta entre el orgullo del palacio y la agilidad de la corriente es donde se sigue escribiendo la verdadera historia del poder.

4. Del ladrillo y la bóveda al algoritmo

Esta misma contienda ha conquistado el ámbito de la riqueza. Durante siglos, el poder económico se midió en toneladas de metal atesorado en sótanos blindados, en escrituras de propiedad con sellos de plomo y en torres bancarias de granito gris que pretendían desafiar al tiempo. Esa fue la edad de oro del dinero sólido: un imperio donde la riqueza era una mole de cemento y papel moneda respaldado por la autoridad de un Banco Central.

Sin embargo, el capital se desprendió de su armadura pesada. La aparición de los activos digitales, las finanzas descentralizadas (DeFi) y los flujos algorítmicos representa la victoria de la liquidez económica:

  • La abstracción del valor: La riqueza ya no habita en las bóvedas ni en las hipotecas a treinta años. Es un hash criptográfico, una red contable distribuida en miles de nodos informáticos que ignoran fronteras, aranceles y planillas fiscales.

  • La evasión de la soberanía: Así como los corsarios burlaban las aduanas imperiales utilizando bahías invisibles, los capitales líquidos eluden controles cambiarios e impuestos confiscatorios mediante carteras virtuales y redes apátridas.

  • La desintermediación radical: Las operaciones entre pares (peer-to-peer) suprimen al banquero tradicional como juez único de la transacción, pulverizando el viejo monopolio estatal sobre la emisión del dinero.

El choque produce una tragicomedia insólita: ministros de hacienda y directores bancarios siguen exigiendo planillas impresas, solvencias en papel bond y fotocopias de cédula amplificadas, mientras redes invisibles mueven fortunas en cuestión de segundos. Cuando el Estado sólido intenta regular la liquidez económica mediante prohibiciones draconianas, choca con la vieja lección imperial: cuanto más rígida es la ley, más veloz se vuelve la red para saltársela.

5. La Hidra contra el Código: La justicia paralizada

Este desajuste alcanza su expresión más amarga en el ámbito de la seguridad ciudadana y la justicia penal. Hay una desesperación metódica, casi kafkiana, en ver a un ministerio de interior intentar detener al crimen organizado transnacional con herramientas del siglo XIX.

Mientras las bandas globales operan bajo la lógica del capital flotante, la criptomoneda y la logística subcontratada, las instituciones responden con códigos de seiscientos artículos, tribunales atados a un municipio y requisitorias impresas en papel sellado que llegan tarde, mal y nunca:

  1. La estructura en red (Modo Hidra): El crimen organizado funciona mediante nodos autónomos. Si la autoridad incauta un cargamento o desarticula una célula de blanqueo, la red no colapsa; simplemente desvía la ruta o cambia el algoritmo financiero en horas. No hay una “cabeza” central que se pueda decapitar de un solo golpe judicial.

  2. El dogma de la jurisdicción territorial: Un juez está amarrado a un mapa. Sus facultades terminan exactamente en la línea fronteriza de su distrito. Para investigar un delito financiero transnacional debe recurrir a la lentísima asistencia jurídica internacional; para cuando llega la autorización, el dinero ya dio quinientas vueltas al globo y la cuenta fue cancelada.

  3. La corrupción como lubricante: La pesadez estatal crea mercados negros multimillonarios. La criminalidad líquida “aceita” la maquinaria del poder sólido mediante la compra sistemática de funcionarios, convirtiendo los permisos burocráticos y los sellos húmedos en un insumo más de su estructura de costos.

6. Del Palacio de Mármol a la Red: El reto de la gobernanza anfibia

El recorrido a través de los siglos confirma que el poder líquido no es una moda reciente, sino la respuesta inevitable que se activa cada vez que la autoridad se atrincherada en su propia pesadez burocrática.

Las torres de granito de los bancos centrales, los ministerios solemnes y los tribunales de expediente cosido a hilo continúan erguidos en el centro de nuestras capitales. Sin embargo, se parecen cada vez más a mausoleos de un mundo que ya no existe. La verdadera fuerza en este siglo XXI no reside en acumular más toneladas de piedra ni en imprimir más gacetas oficiales, sino en desarrollar la agilidad operacional para navegar el cambio incansable.

Para que una institución pública conserve su legitimidad democrática mientras aprende a navegar las corrientes de la era digital, debe rediseñar su arquitectura: descentralizar la operación táctica bajo directrices estratégicas claras, abrirse a la colaboración en red con actores no estatales y transitar de la prohibición casuística a la regulación por principios éticos.

La piedra impresiona por su peso y su vanidad, pero el agua —silenciosa, informe y persistente— siempre encuentra la grieta por donde desmoronar los monumentos más soberbios. La única forma de que la autoridad no termine sepultada bajo el lodo de su propia obsolescencia es aprender el arte milenario de convertirse en agua sin dejar de ser justicia.

soledadmorillobelloso@gmail.com

Friday, 6 November 2026

Alejandrito: ¿Negociará para salvar el pellejo? (Soledad Morillo Belloso)

 Alejandrito: ¿Negociará para salvar el pellejo?

Soledad Morillo Belloso

Pensar que el andamiaje de Alejandrito Betancourt se va a desplomar por el puro peso de su podredumbre es pecar de una ingenuidad casi parroquial; esa clase de tinglados, tejidos a la sombra de la chequera petrolera y con el cinismo como argamasa, tienen la resistencia y el cuero duro  de un zamuro criollo. Nadie sabe si la tramoya terminará desbocándose barranco abajo por pura gravedad —porque la decencia en esta comedia tropical jamás llega a la hora del reparto—, pero quedarse embobado mirando sus miserias internas es no entender de dónde viene la verdadera brisa: la que sopla helada desde el norte.

En el tablero sin alma de la política transnacional, la suerte del muchacho no responde a estampitas ni a milagros, sino a la matemática fría de la teoría de juegos. Hasta ayer, la componenda con los burócratas del Departamento de Justicia marchaba sobre ruedas en un cómodo toma y dame: soplos a cambio de hacerse los de la vista gorda, un compadrazgo de pasillo blindado por la ventaja del que sabe más. Pero al ajedrez del Imperio le cambiaron las piezas. La llegada de la nueva camada al Congreso estadounidense vino a patear la mesa, actuando como ese auditor con mal genio que le sube el precio a la alcahuetería institucional hasta volverla impagable.

La jugada desnuda una verdad que a muchos les cuesta tragar en nuestras latitudes: contrariamente al mito popular, el gran capital transnacional y los magnates de maletín se entienden a las mil maravillas con la agenda demócrata, donde la gobernanza de etiqueta y la fiscalización de vitrina aprietan las clavijas y dejan poquísimo margen para los arreglos a oscuras en restaurantes de lujo.

Ante semejante cerco, la famosa «tarjeta amarilla» no es un saludo a la bandera; es el aviso de que la guillotina ya está aceitada. Las comisiones del Capitolio, urgidas de lavar la cara y mostrar pulcritud para la foto, no van a dejar que el Ejecutivo siga tapándole las espaldas al socio incómodo sin cobrarle una factura de muchos ceros a la derecha.

Al hombre se le presenta la vida como un callejón y con los perros ladrando: si se atrinchera con los reales y pretende hacerse el guapo, se le rompe el pacto y termina tirado en el chiquero procesal; si afloja, el patrimonio se le desangra en la mesa donde los abogados cobran en dólares y sin compasión. Cuando el costo de proteger a un cooperante de mala raña supera el beneficio de sus chismes, la estrategia preferida de Washington deja de ser la alcahuetería táctica y se convierte en una soberana patada al tablero.

Capaz a Alejandrito se le está acabando el paseo triunfal, ese de vivir como rey con plata amañada. Capaz llegó la hora de levantar las alfombras para que salga el polvo acumulado y, entre citaciones, jueces con cara de pocos amigos y auditorías que ahogan, al vivo de la partida le zumbe en la pata de la  oreja la amarga certeza de que la canchita se le puso chiquita, y a la mala.

¿Negociará para salvar el pellejo? Tiene cómo y con qué.

Thursday, 5 November 2026

El plantón iberoamericano de Delcy (Soledad Morillo Belloso)

 El plantón iberoamericano de Delcy

Soledad Morillo Belloso

Allá en el palacio, donde las alfombras ya amortiguan con cierto cansancio los pasos de la premura, se tejieron de nuevo las maletas vacías. Decían los mentideros de la esquina que el viaje estaba listo, que los viáticos se habían firmado con esa tinta espesa con que el poder rubrica sus pequeñas certezas de ultramar. Sin embargo, la pasajera estelar prefirió quedarse. No marchó la presidente encargada a la cumbre; dejó el tiquete en la gaveta y la diplomacia colgada del perchero, como un saco dominguero que a última hora parece demasiado caluroso para cruzar la mar atlántica.

Para disimular el vacío y cumplir con el protocolo sin arriesgar el tipo, enviaron al jojotico a atender la cita, sirviendo de personaje de relleno en una tarima que le queda ancha y ajena. Su presencia allí no es más que el adorno decorativo en la foto, la figura secundaria mandada a poner el pecho y sonreír para la minuta mientras los dueños del circo se quedaban a resguardo en casa.

Ir a esas citas iberoamericanas exige una puesta en escena casi sacramental: la sonrisa entrenada para la foto de familia, la mano extendida al prójimo ideológico y la barbilla en alto frente al descontento extranjero. Es un sainete de besamanos, café helado en tazas finas y discursos empaquetados en un lenguaje almibarado que no dice nada pero llena el acta. Pero el país de acá no está para zarzuelitas de ultramar cuando la cocina de la casa está echando humo. Quedarse no fue una distracción, fue un cálculo de tejedora mañosa. Ir significaba sentarse en una mesa donde los cubiertos cortan pero también punzan, exponerse a las miradas socarronas de quienes leen los periódicos de Caracas con lupa extranjera, y soportar el murmullo de pasillo de quienes no le perdonan al régimen ni el acento ni la permanencia.

Preferible resulta la querencia, la tribuna propia con aplauso pagado y micrófonos amables, que la incomodidad de un foro donde la hegemonía se vuelve un asunto opinable. Delcy prefirió la barricada doméstica, la comodidad del feudo donde cada adjetivo encuentra su caja de resonancia sin riesgo de réplica. A fin de cuentas, la política tropical es como la sopa de res del domingo: si se deja enfriar mucho mientras uno atiende la calle, se le junta la grasa arriba y ya nadie se la quiere tomar. Viajar era pagar un peaje de escrutinio demasiado caro para un gobierno que ha hecho de la distancia internacional su mejor trinchera. Resulta más útil jugar a la víctima ausente desde el balcón de la patria —dejando a los gregarios para el bulto— que ser una figura incómoda y solitaria en el banquete iberoamericano, masticando canapés con gusto a derrota diplomática.

Wednesday, 4 November 2026

El gringo vota y en el botiquín suben el volumen (Soledad Morillo Belloso)

 El gringo vota y en el botiquín suben el volumen

Soledad Morillo Belloso

Dicen los que saben de cocina criolla que el sancocho no se arregla echándole más sal al plato, sino sabiendo mover la fogata. Y en este patio nuestro, donde la política tiene la costumbre de cocinarse con leña ajena, cada vez que en el Norte sacan las urnas de madera fina, aquí a más de uno se le empicha la leche del desayuno.

Las elecciones de mitad de término en los Estados Unidos no son un asunto de cortesía diplomática para el venezolano de a pie; son el termómetro con el que el médico de afuera mide la fiebre del de adentro. Terminaron las midterms, bajaron las persianas del Capitolio y el mapa político gringo amaneció pintado con rayas cruzadas. La muchachada de Washington dividió el pupitre: un Congreso donde nadie tiene el sartén agarrado por el mango sin pedirle permiso al de enfrente. Y esa simple matemática parlamentaria, tan lejana a la lógica del «aquí mando yo y se acabó», le mueve el piso al escenario venezolano con la fuerza de un temblor de medianoche.

Durante meses, los arquitectos de la política local —los de corbata planchada y los de guayabera apresurada— actuaron como si la Casa Blanca fuera una autopista de un solo sentido. Presumían de llamadas directas, firmaban licencias a tintero lleno y negociaban el petróleo criollo como quien vende fruta madura en la bajada de La Guaira antes de que se dañe. Pensaban que el interlocutor del Norte era un monolito de piedra tallada. Se les olvidó el pequeño detalle de que allá las instituciones no son un adorno de repisa y que, cada tanto, la gente sale a cobrarle las facturas al inquilino de turno.

¿Qué cambia ahora que el Poder Legislativo en Washington se volvió un terreno de cacería cruzada? Cambia la letra chiquita. Se acabó el cheque firmado en servilleta de restaurante caro.

A partir de mañana, cada acuerdo energético -negocio de Alejandrito Betancourt incluido- cada flexibilización de sanciones y cada salvoconducto diplomático tendrá que pasar por el filtro hosco y pesado de las comisiones del Congreso estadounidense. Esos parlamentarios que ahora necesitan demostrarle a su electorado que no son cómplices de transacciones oscuras van a sacar la lupa. Y cuando en Washington sacan la lupa, en las oficinas de Caracas y de Quinta Crespo empieza el sudor frío de color tinta china. La transición venezolana, esa criatura rara que avanza a trances entre la necesidad de gasolina y el cansancio de la gente, ya no podrá gestionarse a punta de decretos ejecutivos firmados a espaldas de la opinión pública internacional.

Para la dictadura que aún colea y para los sectores que pretenden una gobernabilidad de plastilina, la lección es de manzanilla picante: el Norte no es un cheque al portador. Los demócratas exigirán cuentas sobre derechos humanos y garantías democráticas reales antes de soltar un solo dólar de inversión pesada; los republicanos, por su parte, no le regalarán oxígeno a ningún arreglo que huela a capitulación. El margen de maniobra se achicó como camisa lavada con agua caliente.

Pero no nos engañemos en la mesa del café. Mi abuelo, que tenía un ojo clínico para descubrir falsos profetas, repetía que «el que espera que el vecino le pinte la fachada termina viviendo en casa ajena». La política exterior de Estados Unidos no se mueve por caridad ni por devoción a la arepa; se mueve por intereses de mapa grande. Las midterms no vienen a traernos la libertad empaquetada en una caja de envíos internacionales. Lo que sí  hacen es desmontar la ilusión de los atajos.

El venezolano en la cola del autobús, el que cuenta los billeticos  para el pasaje y mira de reojo el precio del dólar en la pantalla del teléfono, sabe bien que la verdadera partida se juega aquí. Sin embargo, no deja de ser un  consuelo ver cómo a los dueños del poder —de lado y lado— se les enredan los cables porque allá en el Norte la gente votó como le dio la gana.

Se movió el tablero en Washington y el sonido de las fichas retumba en la sala de la casa criolla. Toca acomodarse en la mecedora, abanicarse con ganas y ver quién es el primero en perder el paso en este joropo trancado.

Vienen varios amaneceres y varios veremos.


Friday, 30 October 2026

Dos mujeres se visten de blanco (Soledad Morillo Belloso)

 Dos mujeres se visten de blanco

Soledad Morillo Belloso

29 de octubre de 2026 — Día de San Narciso de Jerusalén, el santo paciente que soportó la calumnia antes de ver justicia.


Dos mujeres se visten de blanco y hablan, pero el blanco, como todo en este país golpeado, depende de la luz con que se mire. Para la una, atrincherada en un despacho oficial en el que está sin legitimidad, la bata blanca es un disfraz de pulcritud con el que pretende lavar la mugre del colapso, una coraza impoluta desde donde recitar la prórroga infinita, administrar la penuria a cuentagotas y pedirle a la gente que espere al 2027. Para la otra, con los zapatos sucios de la polvareda del camino y el blanco zurcido de abrazos apretados de la calle, la palabra no busca aplazar el destino sino sacudirle las pulgas a la resignación.

Y en medio de ese duelo de trajes sastre y verbos, el venezolano de a pie las mira de reojo desde la cola del pan o el autobús destartalado, sabiendo con esa sabiduría vieja del cansancio que mientras el poder habla para estirar su eternidad, la calle habla para no morirse por dentro.

Delcy: La retórica del despacho

El día amanece en Caracas con la misma neblina tibia de siempre. Pero abajo, en el cemento, el país no respira poesía; respira política, o lo que queda de ella después de tanto manoseo. Habló Delcy. Y cuando la vocería oficial toma el micrófono, en los cafetines de Chacao y en las colas de los Valles del Tuy se produce un silencio denso: el de una población que aprendió a leer entre líneas porque las líneas gruesas vienen siempre con tramposa costura.

Delcy no le habla a la nación; le habla al tablero y al tutor. Su discurso busca marcar terreno frente a los espejos del poder y las cancillerías extranjeras mediante una técnica depurada de cinismo institucional: envolver la grieta en celofán patriótico y vender el estancamiento como virtud estratégica.

Decir que el «horizonte político no se mide por una fecha» es, en el catecismo del poder, una forma elegante de clausurar el futuro. En la Venezuela profunda, el tiempo es una cuenta regresiva que duele en la nevera vacía y en la medicina impagable. Prometer que no habrá prisas electorales equivale a pedirle al paciente en terapia intensiva que se acomode en la almohada mientras los médicos debaten el color de la sala. El régimen sabe que el tiempo es su mejor recurso de amparo: mientras el ciudadano consume sus días resolviendo la supervivencia doméstica —el agua que no sube, la luz que agoniza, la gasolina que se evapora—, la cúpula teje una prórroga infinita. La fecha no importa cuando se es dueño del calendario.

La reacción ante el retorno de María Corina siguió el libreto clásico: llamar «show» al movimiento de la acera de enfrente. Se minimiza el peso de la contraparte con la misma soltura con que se niega la crisis o se afirma que «no hay persecución política», una aseveración que requiere una dosis superlativa de amnesia voluntaria. Es el país del revés: la oposición debe pedir permiso para existir mientras el poder se reserva el derecho de admisión al debate nacional.

El contraste resulta trágico. Por un lado, la mirada puesta en las bóvedas de Londres reclamando lingotes de oro con firmeza; por el otro, la promesa deslucida de que «pronto llegará el alivio» a un Sistema Eléctrico Nacional que agoniza. Imputar el colapso exclusivamente al bloqueo externo es una pirueta retórica que ya no convence. El ciudadano que perdió la nevera por un bajón de luz en Barquisimeto o lleva tres días sin señal en Maracaibo sabe que las turbinas no se arreglan con adjetivos en televisión.

En la contabilidad oficial, el salario dejó de ser el pago digno por el sudor para convertirse en una promesa que se estira al ritmo del calendario. Prometer con sonrisa de vitrina que «se trabaja en la recuperación de los ingresos» mientras el sueldo mínimo expira  es pedirle al trabajador que haga milagros con los panes y los peces. El régimen prefiere la bonificación sin incidencia, la dádiva que no genera jubilación; ese goteo que no llena la olla pero marea el hambre, al más acabado estilo de todos los regímenes facistas.

Hablar de 2027 es tirar una moneda al aire que siempre cae del mismo lado: un chicle que el régimen estira para pedir paciencia hoy, tranquilidad mañana y resignación siempre. Para el venezolano de a pie, no es una meta ni una esperanza, sino una promesa más en la lista de mañanas que nunca llegan a la mesa. La alocución deja el sabor amargo del café recalentado. El poder habla para sostener su arquitectura; la calle escucha con la resignación cansada del que ha visto pasar demasiadas promesas por la misma avenida.

María Corina: La urgencia de la calle

En la Universidad Católica Andrés Bello (mi alma mater), el aire de esta mañana tenía esa densidad particular que antecede a los acontecimientos. No era la vibración habitual de los pasillos a la hora de la primera clase, sino esa tensión  que se instala cuando el país real irrumpe en las aulas y el concreto parece volverse testigo. María Corina regresó al recinto universitario para marcar una posición de corte lapidario en el tablero de las urgencias nacionales.

Vestida de ese blanco impoluto que ya no es una simple elección textil sino una declaración de principios, se plantó ante los micrófonos sin las evasivas de la retórica política. Acompañada por estudiantes y profesores, desmontó de un plumazo la pretensión oficial de convertir el cambio democrático en una espera indefinida, soltando sin anestesia: «Aquí nadie se traga el cuento del 2027; la dignidad de un país golpeado no admite más prórrogas ni pactos de trastienda».

Frente a la narrativa de Palacio que intenta anestesiar el descontento, contrapuso la terquedad del presente y la urgencia de la calle. Dirigiéndose a quienes pretenden administrar la resignación a cuentagotas, fue directa al hueso: «El régimen se mide por el tiempo que quiere ganar, pero los venezolanos medimos la vida por el tiempo que nos han robado». Su mensaje caló hondo en la herida abierta del ciudadano común, recordándole al auditorio que «la libertad no se negocia en una mesa de sombras ni se pide de favor; se conquista de pie».

Para Machado, las prioridades no se dibujan en las pizarras de la burocracia: la tarea impostergable es desmantelar la estructura del colapso para restituir la libertad, rescatar la dignidad del salario frente a la limosna del bono y reconstruir los servicios públicos. Por encima de cualquier programa, su prioridad medular es detener la hemorragia de la migración y construir garantias para un retorno seguro. Asimismo, la atracción de inversiones no se concibe como un asunto de remates a oscuras, sino como un marco de estricta legalidad, seguridad jurídica y transparencia absoluta donde la ley sea la misma para todos.

Al despejarse el salón y quedar vacías las escalinatas de la UCAB, flotando en el ambiente permaneció una certeza incómoda para la cúpula del poder. Mientras en los despachos oficiales se insiste en manipular el calendario, en la acera de enfrente la paciencia se agotó y, como sentenció al cerrar su intervención: «El futuro no es una promesa en lata para cuando a ellos les convenga, sino una cuenta pendiente que se cobra en el asfalto diario».

Balance

Así se cierra esta jornada de blancos enfrentados y verbos dispares: de un lado, la moqueta oficial atrincherada en el cinismo de las prórrogas; del otro, la calle viva resistiéndose a que le congelen la esperanza. En esta singular versión de debate a distancia —un circo sin carpa donde los atriles fueron sustituidos por la frialdad de las pantallas y el eco de los pasillos universitarios— la verdadera contienda no se libró en la sutileza de las ideas, sino en la desfachatez para mirar a la cara a un país saqueado.

Perdió, con la contundencia trágica de lo grotesco, la oratoria de la intrusa de Miraflores, esa fábrica insaciable de mentiras enlatadas incapaz de llenar con adjetivos la nevera vacía o encender con decretos el bombillo apagado. Ganó, en el terreno desgarrador de la necesidad, quien supo traducir el crujir de tripas y la rabia contenida en una causa con nombre y apellido.

Ya vendrán los encuestólogos con sus carpetas bajo el brazo, sus decimales esterilizados y sus gráficos en PowerPoint a pontificar sobre quién subió un milímetro o quién trastabilló en el fango; ya dirán los politólogos qué renglón sumó más aplausos en el mapa de las vanidades. Pero en el marcador despiadado de la calle, la sentencia quedó dictada sin apelación: mientras un bando jugó con un descaro miserable a ganar tiempo, el otro dejó al desnudo que a Venezuela se le agotó la anestesia.

Entre los comunicados impolutos del Palacio y la mugre cotidiana del asfalto, el ciudadano de a pie apaga hoy la luz —o espera con resignación feroz a que regrese— sabiendo que las promesas no se comen, que los cínicos no se regeneran y que ningún imperio de adjetivos, por más blanco que se vista, sobrevivirá al juicio lapidario de un pueblo que perdió hasta el miedo a quedarse a oscuras.

«Estamos mal, pero vamos bien», diría Teodoro. Invito a tirios y troyanos —a hunos y a otros— a revisar con calma ambas declaraciones. Al final, la democracia exige ciudadanos analíticos, no personas que se dejen llevar a ciegas.


Soledadmorillobelloso@gmail.com






COMENTARIO:
excelente escrito,acertadísimo,contundente

Wednesday, 14 October 2026

INFORMACION AL PRESIDENTE DONALD TRUMP : DR. EDUARDO FERNANDEZ

 Eduardo Fernández

13-10-2026

Alguien le está metiendo mentiras al Presidente Trump. Le han dicho que en Venezuela estamos bailando de contentos porque la situación política y la situación económica han mejorado mucho desde que el tomo la decisión de llevarse a Nicolás Maduro hace ya diez meses.

Al Presidente Trump por lo visto, lo están engañando. Ojala sus amigos y colaboradores de la Embajada de Estados Unidos en Venezuela le hagan llegar estas modestas y humildes observaciones.

Lo primero que quiero decirle es que la situación económica sigue siendo tan mala o peor que lo que era al comenzar el año.

Seguimos siendo víctimas de una catastrófica “recesión” que se traduce en una caída brutal del tamaño de nuestra economía. Una caída significativa del Producto Interno.

Además, seguimos padeciendo por una inflación galopante. Es posible que seamos el mayor caso de inflación en el mundo.

Los ingresos petroleros que supuestamente han aumentado pero que ahora los administran desde los Estados Unidos, no se ven por ninguna parte. El efecto de esos ingresos no han servido para mejorar la calidad de la vida de los venezolanos y tampoco para mejorar los salarios que siguen siendo escandalosamente bajos.

Al Presidente Trump seguramente no le han informado que en Venezuela todavía existe la figura de los presos políticos. Aunque usted no lo crea, todavía hay presos políticos y todavía hay violaciones a los derechos humanos y al estado de derecho. A pesar de las graves frases amables que el Presidente Trump le dedica a la señora Delcy Rodríguez quien ejerce interinamente la presidencia de Venezuela y a pesar del muy cordial encuentro que sostuvieron en Nueva York con muchos de la Asamblea General de las Naciones Unidas, todavía en Venezuela hay presos políticos y violaciones al Estado de Derecho y a los Derechos Humanos.

En esas circunstancias, señor Presidente Trump, no hay ningún motivo para estar bailando de contentos en las calles de Caracas.

Además de todo lo anterior no sé si el señor Trump estará enterado de que todavía no hemos celebrado elecciones para recuperar nuestra soberanía. 
No solo eso, es que todavía no se den pasos en la dirección de crear condiciones para poder realizar esas elecciones.

Seguiremos conversando.