Alejandrito: ¿Negociará para salvar el pellejo?
Soledad Morillo BellosoPensar que el andamiaje de Alejandrito Betancourt se va a desplomar por el puro peso de su podredumbre es pecar de una ingenuidad casi parroquial; esa clase de tinglados, tejidos a la sombra de la chequera petrolera y con el cinismo como argamasa, tienen la resistencia y el cuero duro de un zamuro criollo. Nadie sabe si la tramoya terminará desbocándose barranco abajo por pura gravedad —porque la decencia en esta comedia tropical jamás llega a la hora del reparto—, pero quedarse embobado mirando sus miserias internas es no entender de dónde viene la verdadera brisa: la que sopla helada desde el norte.
En el tablero sin alma de la política transnacional, la suerte del muchacho no responde a estampitas ni a milagros, sino a la matemática fría de la teoría de juegos. Hasta ayer, la componenda con los burócratas del Departamento de Justicia marchaba sobre ruedas en un cómodo toma y dame: soplos a cambio de hacerse los de la vista gorda, un compadrazgo de pasillo blindado por la ventaja del que sabe más. Pero al ajedrez del Imperio le cambiaron las piezas. La llegada de la nueva camada al Congreso estadounidense vino a patear la mesa, actuando como ese auditor con mal genio que le sube el precio a la alcahuetería institucional hasta volverla impagable.
La jugada desnuda una verdad que a muchos les cuesta tragar en nuestras latitudes: contrariamente al mito popular, el gran capital transnacional y los magnates de maletín se entienden a las mil maravillas con la agenda demócrata, donde la gobernanza de etiqueta y la fiscalización de vitrina aprietan las clavijas y dejan poquísimo margen para los arreglos a oscuras en restaurantes de lujo.
Ante semejante cerco, la famosa «tarjeta amarilla» no es un saludo a la bandera; es el aviso de que la guillotina ya está aceitada. Las comisiones del Capitolio, urgidas de lavar la cara y mostrar pulcritud para la foto, no van a dejar que el Ejecutivo siga tapándole las espaldas al socio incómodo sin cobrarle una factura de muchos ceros a la derecha.
Al hombre se le presenta la vida como un callejón y con los perros ladrando: si se atrinchera con los reales y pretende hacerse el guapo, se le rompe el pacto y termina tirado en el chiquero procesal; si afloja, el patrimonio se le desangra en la mesa donde los abogados cobran en dólares y sin compasión. Cuando el costo de proteger a un cooperante de mala raña supera el beneficio de sus chismes, la estrategia preferida de Washington deja de ser la alcahuetería táctica y se convierte en una soberana patada al tablero.
Capaz a Alejandrito se le está acabando el paseo triunfal, ese de vivir como rey con plata amañada. Capaz llegó la hora de levantar las alfombras para que salga el polvo acumulado y, entre citaciones, jueces con cara de pocos amigos y auditorías que ahogan, al vivo de la partida le zumbe en la pata de la oreja la amarga certeza de que la canchita se le puso chiquita, y a la mala.
¿Negociará para salvar el pellejo? Tiene cómo y con qué.
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