El laborioso laberinto del Partido Demócrata
Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo Belloso
Ganar no es un milagro de altar ni un rayo que cae en patio ajeno; en la alta política de los del gorro azul, la victoria se amasa como el pan de cada día: con paciencia de vieja zurcidora, un poco de levadura social y la terquedad de quien sabe amarrarse los zapatos antes de cruzar la quebrada.
Los demócratas no triunfaron por haber descubierto el agua tibia ni por pronunciar discursos con olor a santidad. Ganaron porque supieron tejer en las esquinas donde la gente sufre el calor y el frío y paga la cuenta de la farmacia. Mientras la acera de enfrente montaba tribunales de moral sobre la mesa del comedor, ellos le bisbisearon al oído a esa masa heterogénea de las barriadas periurbanas, las urbanizaciones de clase media asfixiada y las cocinas donde el sueldo nunca alcanza. En la más elemental estrategia de campaña, tomaron el camino del voto castigo. Y les funcionó: arrebataron la mayoría en ambas cámaras del Congreso —alcanzando 52 escaños en el Senado tras voltear siete bancadas clave y superando los 218 necesarios en la Cámara de Representantes— y afianzaron su presencia territorial con 22 gobernaciones.
Apretaron la tuerca donde más le duele al ciudadano de a pie: la receta médica, la luz, la gasolina, el derecho a decidir de las muchachas y la sospecha amarga de que la democracia se les desgastaba en los bordes como un mantel viejo. Desplegaron una red de hormigas rabiosas que tocaron puertas con planilla en mano, pescando en la abstención juvenil y en el desencanto cansino de las señoras de urbanización que ya no se tragan el cuento del espantapájaros. No nos engañemos: los azules no vencieron por ser ángeles tutelares, sino porque encarnaron el mal menor frente a un adversario mirado en el espejo de su propio dogmatismo. La victoria fue el arte de sumar los jirones de una sociedad agrietada.
Pero ahora toca cumplir, y ahí es donde la puerca tuerce el rabo y las promesas empiezan a oler a alcanfor. Una cosa es enamorar en el balcón, con la brisa a favor y la pancarta limpia, y otra muy distinta es sentarse a gobernar con el presupuesto tullido y la mitad de la casa con el cuchillo entre los dientes. La victoria dura lo que un aplauso en la plaza; al día siguiente amanece la misma realidad descascarada.
El problema de sumar jirones es que, a la hora de gobernar, cada cual tira para su lado. El equilibrio es de cuerda floja sobre un enjambre de avispas: si ceden ante la izquierda más estridente, asustan al votante moderado; si se encierran en la tecnocracia tibia de pasillo, matan el entusiasmo de la juventud que les llenó las urnas. Y enfrente, el vencido no se quedará de brazos cruzados. No hay momento más peligroso para una fiera política —y Trump lo es— que verse herida y acorralada tras perder el Legislativo pero conservando trincheras y una base dispuesta al encontronazo. Lejos de la moderación, el rival repliega sus fuerzas para contratacar con ánimo implacable.
El Ejecutivo mantiene el sello oficial y la caja fiscal, pero la casa tiene más dueños. En democracia, gobernar no es un monólogo y el Congreso y el Senado se erigen como freno, espejo y gallinero donde se cantan las verdades mediante sus tres funciones vitales:
Legislar: Pasar de la lírica electoral a la letra dura de la ley. Sin la firma del Congreso, las promesas presidenciales son literatura de folleto; la norma requiere un regateo al caldero para no quedar durmiendo en una gaveta.
Controlar: Cumplir el rol de la vieja quisquillosa que revisa las cuentas de la casa: citar ministros, exigir facturas, destapar guisos y meterle la lupa a cada centavo para recordar que la chequera no es de propiedad privada.
Ser foro político: Mantener encendido el altavoz de la nación, ese espacio donde las minorías hacen ruido y el país se oye a sí mismo con sus gritos y desafinaciones.
En este tablero de pesos y contrapesos, la fiscalización bordea el peligro de la instrumentalización. Surge la tentación del impeachment o juicio político, que concebido como mecanismo extraordinario para sancionar faltas graves, corre el riesgo de degradarse en una táctica ordinaria de desgaste. Usarlo como baza de confrontación no solo paraliza la agenda y brinda excusas al Ejecutivo, sino que profundiza la fractura social y convierte el control en un espectáculo punitivo donde se anula la negociación.
A este cuadro se suma la peor de las carencias: la orfandad de liderazgo. Una cosa es ganar elecciones locales o retener gobernaciones a fuerza de cálculo territorial, y otra muy distinta es parir —con fórceps y sin garantía de éxito— a esa figura estelar capaz de sintetizar las contradicciones de una nación en un solo rostro, una sola voz y un relato que enamore a las multitudes para conquistar la Casa Blanca. Los demócratas tienen cuadros inteligentes, funcionarios pulidos en los pasillos de Washington y gobernadores eficaces de bajo perfil; pero les escasea ese líder telúrico y magnético, capaz de sacudir las pasiones populares sin espantar al moderado ni aburrir al universitario.
Mientras no resuelvan ese vacío, cada victoria legislativa será una tregua precaria. Toca transitar con rapidez de la euforia del triunfo a la serenidad del poder, lo que exige pragmatismo, templanza y foco estratégico bajo cuatro ejes:
Del discurso al pragmatismo: Gobernar para una sociedad heterogénea respondiendo a las expectativas reales del electorado, sin ceder a la tentación de la sobrerreacción o el desquite político.
Gestión de la disciplina interna: Contener las expectativas de transformaciones inmediatas que desatan frustración y construir consensos entre el ala progresista y los sectores moderados para garantizar la gobernabilidad.
Priorizar lo sustancial sobre lo simbólico: En lugar de desgastarse en batallas discursivas o territoriales de bajo alcance, la prioridad debe centrarse en generar certidumbre económica para la clase media y demostrar capacidad institucional.
Conexión con el centro independiente: Preservar la confianza del votante moderado e independiente proyectando serenidad, institucionalidad y resultados concretos.
La euforia es efímera; la legitimidad de un mandato se construye en el día a día. El verdadero reto para la dirigencia demócrata reside en transformar el entusiasmo de las urnas en una visión equilibrada, capaz de resistir el desgaste del ejercicio del poder y de tender puentes en un entorno ásperamente fragmentado.
No comments:
Post a Comment